domingo, 19 de abril de 2015

Educación: tiempos de presupuesto


Patricia Salas O'Brien
Arequipa, 20 de abril de 2015


En estos días todas las entidades públicas están trabajando en sus respectivos presupuestos para el 2016, año especial: primer trimestre electoral, segundo trimestre de transferencia y en el segundo semestre, nuevo gobierno, nada menos. Reflexionemos entonces sobre algunos riesgos y desafíos.

Para los que se van los riesgos son:

1) Priorizar el efectismo en lugar de la efectividad; es decir financiar actividades muy vistosas, que puedan tener efecto en la campaña electoral, al margen de si éstas son pertinentes, necesarias o parte de procesos que garanticen lograr los objetivos de manera sostenible. Para el caso de educación, los aprendizajes de nuestros estudiantes.

2) Acelerar procesos y la ejecución del gasto. Como el gobierno saliente “necesita” mostrar logros al final de su mandato, nos enfrentamos al riesgo de acelerar la culminación de obras, de compras, de entregas de materiales, etc., lo que conlleva a improvisaciones, toma de atajos y, lo que es más grave, la posibilidad de descuidar la calidad de lo que se hace, porque hay que “inaugurar todo lo que se pueda…”.

El tiempo de la transferencia, es un momento particular, pues el aparato público debe seguir funcionando, pero a la vez estará inundado por las comisiones de transferencia, que demandará el tiempo de los funcionarios. El ambiente es de tensión y de rumores, y algunos de los procesos en curso pueden paralizarse o ponerse en suspenso.

Para los que llegan:

1) Los ajustes presupuestarios que pueden realizar tienen muy poco margen. En realidad, tendrán que terminar de ejecutar el presupuesto del gobierno anterior. El equipo directivo tiene que tomar posición del cargo, de los equipos de trabajo, de los procesos en curso, de la ejecución presupuestal y decidir sobre lo que se ajusta o no a su propuesta de gobierno.

2) Pero, además, el nuevo gobierno tiene apenas 30 días para ajustar el presupuesto del año siguiente, pues para el 28 de julio, que se realiza el cambio, el presupuesto ya está elaborado; y el 30 de agosto, el presupuesto del 2017debe ser enviado al Congreso con acuerdo del Consejo de Ministros, por lo que reflejará escasamente las prioridades y objetivos del gobierno entrante.

Tiempos complicados para pensar en la continuidad de procesos y políticas de Estado. Para educación esto es un desafío particularmente importante, pues tenemos la obligación de sostener el ritmo de mejora de los aprendizajes, evidenciados en la Evaluación Censal de Estudiantes 2014 del Ministerio de Educación y en el Tercer Estudio Regional Comparativo y Explicativo (TERCE) aplicado el 2013 por el Laboratorio Latinoamericano de Evaluación de la Calidad de la Educación (UNESCO).

Es pues una responsabilidad para quienes terminan la gestión, y para los que iniciarán una nueva, analizar con serenidad los procesos que han permitido esos avances y sostenerlos, así como imaginar el siguiente hito. Sin perder de vista que lo logrado no sólo ha sido mejorar en el promedio de los aprendizajes en el país, sino también avanzar de manera importante en materia de equidad, es decir, en los aprendizajes de nuestros estudiantes de las áreas rurales, de las escuelas unidocentes y multigrado y, también, en las escuelas de educación intercultural bilingüe.

Fotografía (c) Lu Surroca/ www.flickr.com 

DCN reformado: riesgos y oportunidades de una decisión difícil


Luis Guerrero Ortiz
Lima, 20 de abril de 2015


Julio Ramón Ribeyro relata en La Encrucijada la historia de un hombre que sufre para encontrar el camino hacia la ciudad que anhela, tropezándose en su recorrido con muchos viajeros rendidos que perdieron el rumbo y abandonaron la búsqueda con resignación. Cuando a pesar de sus dudas elige al fin una ruta y llega al destino soñado, sólo le bastó parpadear un instante para descubrir que en realidad, esa ciudad era otra. A inicios de abril se escribió el penúltimo capítulo de otra historia apasionante, la de la reforma curricular de la educación básica en el Perú. Lo que puede leerse en él es que la propuesta de Marco Curricular Nacional, producto de un recorrido largo, paciente y azaroso como el del protagonista del cuento de Ribeyro, tampoco llegó exactamente a su destino, pero ha sido parcialmente acogida. Es decir, no se ha derogado el Diseño Curricular Nacional (DCN), sino que se ha reemplazado las profusas demandas de aprendizaje de varias de sus áreas, por 38 de las competencias que fueron formulados para el Marco Curricular. Es lo que dice la Resolución Ministerial N° 199-2015-MINEDU recientemente publicada.

No comparto plenamente esta decisión, pero puedo entenderla. Pongamos las cosas en contexto. De todas las reformas que nuestra educación requiere, la curricular es no sólo una de las más críticas –pues es la que define o redefine el horizonte de absolutamente todos los esfuerzos en el ámbito de las políticas- sino una de las más complejas por sus implicancias directas en el corazón del sistema, es decir, en el salón de clases y en la enseñanza misma. No existe reforma curricular en el mundo que haya estado libre de controversias pedagógicas o políticas y la que se emprendió para reemplazar el DCN por el Marco Curricular no fue la excepción. A pesar que ésta se manejó con una transparencia sin precedentes, amigos y enemigos, con opuestas motivaciones, la pusieron bajo la lupa con tanto celo que se amplificaron sus imperfecciones y se fue perdiendo de vista la gravedad del problema que se buscaba resolver.

Sabemos que toda reforma implica desacomodos, todo desacomodo implica ruido y todo ruido implica riesgos. En ese contexto, la decisión adoptada puede haberse percibido como la opción aparentemente menos costosa, aunque no necesariamente será así. El año 2012, antes de iniciar el proceso del Marco Curricular, se consideró la posibilidad de «reparar» el DCN, pero el análisis de sus deficiencias internas arrojaba tantas dificultades que resultaba más eficiente hacer uno nuevo. Ahora hemos regresado al escenario de una refacción del viejo currículo, y aunque esta opción abre oportunidades de todos modos, también ofrece riesgos que necesitamos distinguir y deslindar con cuidado.

Para empezar con las oportunidades, satisface ver que el esfuerzo realizado en los primeros años de este periodo gubernamental por redefinir las demandas curriculares con mayor claridad y coherencia, no haya sido en vano y que, de paso, se haya disminuido la inmanejable densidad del DCN. Salvo el caso de Arte y Educación Física, que espero entren pronto al grupo, todas las competencias que se formularon durante el proceso de elaboración del Marco Curricular, matices más, matices menos, pasaron a formar parte del currículo de educación básica. Ya la decisión de dar continuidad a las Rutas de Aprendizaje, cuya versión 2015 está en circulación, supuso la ratificación de estas competencias. Esta opción se fortalece ahora, con Resolución Ministerial de respaldo.

Nubes que asoman en el horizonte

Para hablar de los riesgos, habría que mencionar una diferencia notable: el concepto de Aprendizaje Fundamental ha sido reemplazado por el de Área Curricular, para poder empatar con el tipo de organización del DCN. No voy a detenerme a analizar por ahora las implicancias de esta sustitución, que representa sin duda una pérdida, pues cada Aprendizaje Fundamental ya representaba formas de actuar que se nutrían de diversas disciplinas. Tenía, además, una expresión más concreta que la noción de área, pues se podía visualizar globalmente el desempeño esperado hacia el final de la escolaridad. Cuando lo escuchó por primera vez, Hugo Díaz –actual presidente del Consejo Nacional de Educación- me dijo que ese planteamiento era tan potente que debía ser referente incluso para la educación superior. 

No obstante, lo que quiero poner en consideración en este artículo es uno de los problemas y los riesgos más serios de esta fusión: el enfoque de competencias del DCN.

Philippe Perrenoud, investigador y profesor de la Facultad de Psicología y Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de Ginebra y un reconocido experto en este campo a nivel mundial, señala que una competencia «no reside en los recursos –conocimientos, capacidades- que se han de movilizar, sino en la movilización misma de estos recursos» y aclara que «movilizar no consiste únicamente en 'utilizar' o 'aplicar', supone también adaptar, diferenciar, integrar, generalizar o especificar, combinar, orquestar, coordinar, en suma, realizar un conjunto de operaciones mentales complejas que, conectándose a las situaciones, transforman más que desplazan los conocimientos».

Por su parte, la propia Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), a quien nadie podría acusar de no saber lo que habla, señala que una competencia «reposa sobre una combinación de habilidades prácticas y cognitivas interrelacionadas, conocimientos, motivación, valores, actitudes, emociones y otros elementos sociales y comportamentales que pueden ser movilizados conjuntamente para actuar de manera eficaz».

En el consenso internacional, esta cualidad de movilizar, combinar y articular saberes diversos está en el meollo de la definición de una competencia. Por el contrario, el DCN, recordémoslo, optó más bien por fraccionar la competencia en tres pedazos y estableció que su logro equivalía a la suma de sus partes. Es decir, nos dijo que bastaba que el alumno aprendiera un determinado conjunto de conceptos, capacidades y actitudes para inferir que ya era competente. En ese enfoque se ha venido formando y habituando a los maestros desde mediados de la década pasada.

Aunque el Marco Curricular deslindaba claramente de este error, lo que está incluyéndose en el DCN no es el enfoque curricular del Marco sino sólo su malla de competencias y los indicadores de capacidades específicas. El riesgo que hay que evitar ahora es que las nuevas competencias y capacidades incluidas no se enseñen bajo el enfoque pedagógico del DCN, es decir fraccionándolas y definiendo su logro como la simple suma de sus capacidades aisladas.

Veamos un ejemplo

La competencia Indaga, mediante métodos científicos, situaciones que pueden ser investigadas por la ciencia, del área de ciencia y ambiente, comprende cinco capacidades: problematiza situaciones, diseña estrategias para hacer indagación, genera y registra datos e información, los analiza, los evalúa y comunica finalmente sus resultados. Si las leemos con detenimiento nos podremos dar cuenta que todas ellas están relacionadas y se suceden en orden secuencial pues, en conjunto, configuran el método científico.

Demostrar competencia en indagación supone, entonces, como se establecía en el Marco Curricular y como se explica en las Rutas de Aprendizaje, hacer indagaciones y exhibir en el proceso la habilidad de utilizar y combinar esas cinco capacidades de modo satisfactorio. En concreto, eso significa empezar por plantearnos preguntas acerca de un determinado problema y buscar todo lo que se pueda saber sobre él; luego arriesgar algunas explicaciones, diseñar estrategias de búsqueda, recoger evidencias que nos sirvan para contrastar nuestras hipótesis, reflexionar sobre la validez de las respuestas que vamos obteniendo, así como sobre los límites y alcances de nuestra investigación, para luego comunicar los resultados obtenidos. No sólo el despliegue sino la combinación de todas estas capacidades específicas es lo que hace posible una indagación confiable y eficaz.

Sin embargo, si aplicáramos a esta competencia el enfoque del DCN, tendríamos que hacer algo muy distinto. Primero, habría que distinguir en estos cinco componentes los conocimientos, capacidades y actitudes, para que puedan enseñarse por separado. Es verdad que las competencias incorporadas al DCN ya no hacen esta división, lo cual es un gran avance, pero ese esquema está en la cabeza de los docentes. Segundo, habría que buscar los indicadores que corresponden a cada una de las capacidades y diseñar sesiones específicas para cada indicador. Es decir, tendríamos que planificar clases, por ejemplo, si son alumnos de quinto de primaria, para conocer los distintos tipos de fuentes de información, conocer instrumentos de medición que permitan obtener datos a partir de la observación o la medición de determinadas variables, aprender a elaborar tablas de doble entrada que permitan identificar la posición de variables dependientes e independientes, aprender a representar datos en gráficos de barras dobles o lineales, cotejar datos extraídos de distintas fuentes, etc.

Desde esta perspectiva, el profesor supondría –como ha supuesto siempre desde que el DCN entró en vigencia hace 10 años- que los alumnos ya adquirieron la competencia de indagar sólo porque demostraron haber aprendido indicadores como éstos, desprendidos de capacidades aisladas. En otras palabras, la competencia como desempeño global que articula y combina un conjunto de saberes para lograr un propósito en un contexto específico, quedaría completamente diluida.

Veamos otro ejemplo

Las cuatro competencias matemáticas que se han incorporado al DCN y que están en las Rutas de Aprendizaje, requieren siempre y necesariamente la combinación de cuatro capacidades: la de matematizar situaciones, la de comunicar y representar ideas matemáticas, la de elaborar y usar estrategias, así como la de razonar y argumentar, produciendo ideas matemáticas.

Es decir, se demuestra competencia matemática cuando se actúa y piensa matemáticamente en diversas situaciones –sean de cantidad, de regularidad, equivalencia y cambio, de forma, movimiento y localización, o las que requieren gestionar datos en contextos de incertidumbre- expresando el problema identificado en un modelo matemático, comprendiendo a la vez el significado de las ideas matemáticas que están implicadas y expresándolas de forma oral y escrita, usando lenguaje matemático u otras formas de representación; planificando y desarrollando una secuencia organizada de estrategias para resolverlo; así como planteando supuestos, conjeturas e hipótesis mediante diversas formas de razonamiento, que deberá verificar con argumentos.

Estas cuatro capacidades matemáticas necesitan interactuar para hacer posible un desempeño competente frente a un problema y esa combinación lógica, organizada y eficiente en cada caso es la clave del logro que se busca.

Pero si enseñamos las competencias matemáticas con el enfoque del DCN, nuevamente habría que hacer el esfuerzo de diferenciar los conocimientos de las capacidades y las actitudes para enseñarse por separado, y enfocarse básicamente en los indicadores de cada elemento. Así, las clases de matemática se reducirían a enseñar, por ejemplo, las propiedades y elementos de cubos, prismas o cilindros, las características y propiedades básicas de los cuadriláteros y triángulos con respecto a sus lados, ángulos y diagonales o a graficar en un plano cuadriculado la posición de un objeto, en vez de poner esos aprendizajes específicos en función del desarrollo de la capacidad de comunicar y representar ideas matemáticas, como parte del proceso de solución de problemas de forma, movimiento y localización.

Este mismo ejercicio podría hacerse con otras competencias y las diferencias de enfoque con el DCN se evidenciarían con la misma claridad.

Expertos de diversos países, referentes muy reconocidos en el enfoque de competencias, están de acuerdo en una cosa. Para demostrar competencia, sea en el campo de la ciencia, la matemática, la comunicación, la ciudadanía o cualquier otro, una persona debe demostrar que sabe analizar la situación que enfrenta, reconociendo sus aspectos más importantes y evaluando sus propias posibilidades de respuesta antes de elegir alguna, es decir, evaluando los saberes y recursos que tiene disponibles y la combinación que podría ser más adecuada en esas circunstancias. Luego debe demostrar que puede poner en práctica la respuesta que eligió, del modo más pertinente y eficaz posible. Pregúntenle a Le Boterf en Francia, a Tobón en México, a Malpica en España, a Zabala y Arnao en Catalunya o a Perrenoud en Suiza. No hay misterio en esto.

Ahora bien, si volvemos a examinar las dos competencias que he puesto de ejemplo, podremos comprobar muy fácilmente cómo este esquema de actuación que acabo de describir calza perfectamente y ayuda a identificar las claves de un desempeño competente, que en ningún caso significa la sumatoria de capacidades separadas, menos aún de indicadores aislados.

Alertas y desafíos

El riesgo de regresar a la fragmentación y de volver a perder, en consecuencia, el sentido del enfoque  es alto, porque fragmentar para facilitar la enseñanza es una tradición muy arraigada, reforzada por el DCN a lo largo de una década, y porque las simplificaciones extremas representan siempre una tentación muy poderosa. Para hábitos de enseñanza automatizados por la rutina, todo lo que exonere de la necesidad de pensar suele ser bien recibido.

Valgan verdades, siempre será más fácil enseñar a un niño de diez años a identificar el significado de palabras desconocidas, a recordar hechos, lugares y personajes en un relato o el sentido figurado de una metáfora, que a recuperar y organizar la información que le ofrece su interlocutor para deducir sobre la marcha su significado, distinguiendo la forma, contenido y contexto de sus palabras. Aprender lo primero es necesario para aprender lo segundo, claro que sí, pero en sí mismo no basta. Ciertamente, enseñando al menudeo todo se facilita, aunque el precio sea diluir la aspiración de una educación que forme niños y adolescentes capaces de pensar por sí mismos y de enfrentar toda clase de desafíos haciendo uso creativo de lo que saben y tienen a disposición.

Decíamos al inicio que se acababa de escribir el penúltimo capítulo de la reforma curricular de la educación básica con la Resolución Ministerial N° 199-2015, una disposición que ha validado las competencias que se formularon para el Marco Curricular Nacional entre el 2012 y el 2014. En buena hora. Sin embargo, ahora toca escribir el desenlace, donde se necesita evitar que el enfoque curricular del DCN termine distorsionándolo todo y haciendo retroceder el reloj de la historia. Esto supone reemplazarlo por el enfoque que hizo posible, justamente, la malla de competencias y capacidades que ahora se ha oficializado. Ese es el desafío.

Ocurre que las mixturas son buenas en la gastronomía, pero no siempre lo son en la pedagogía. Hay mezclas que aportan porque complementan aspectos afines y enriquecen la práctica. Hay otras tan paradójicas que pueden causar indigestión en la cabeza y hasta provocar la muerte de la razón. En materia curricular, siempre será mejor prevenir que lamentar.

* Fotografía (c) Mabel/ ww.flickr.com


Referencias

  • Le Boterf, G. (2000): Ingeniería de las competencias. Barcelona. Gestión 2000.
  • Malpica, Federico (2013), 8 Ideas Clave. Calidad de la práctica educativa. Editorial Grao, Barcelona.
  • Perrenoud, Philippe: Construir las competencias, ¿es darle la espalda a los saberes? Red U. Revista de Docencia Universitaria, número monográfico II
  • Tobón, Sergio: El enfoque complejo de las competencias y el diseño curricular. Acción Pedagógica, Nº 16 / Enero - Diciembre, 2007 - pp. 14 - 28
  • Zabala, Antoni y Arnau, Laia (2007), 11 ideas clave. El aprendizaje y la enseñanza de las competencias. Barcelona. Graó, 2007.
  • D.S. Rychen y L.H. Salganik (eds.), Definición y selección de competencias clave (2001). Proyecto DeSeCo de la OECD. En: www.OECD.org/edu/statistics/deseco


Barreras a la integración efectiva de la tecnología en el aula


Romina Peschiera & Leonardo Barros
Teachers College Columbia University
Nueva York, 20 de abril de 2015

La tecnología educativa no sólo tiene que ver con el uso de herramientas digitales para apoyar la enseñanza. Ertmer (1999) presenta una visión de la integración de tecnología en la educación como aquella que le agrega valor al currículo porque facilita el logro de aprendizajes auténticos y complejos. Así, la integración efectiva es donde la introducción de la tecnología en el aula viene acompañada de cambios cualitativos en la enseñanza y no donde sólo se utiliza para continuar con la forma tradicional de enseñar, considerando que la forma de aprender ha cambiado (Su, 2009). Esto es porque la realidad actual sugiere que Internet y otras tecnologías emergentes de la información y comunicación serán centrales para nuestras vidas personales y profesionales.

La tecnología permite traer al aula diversos recursos que pueden beneficiar y potenciar el aprendizaje. Un ejemplo sencillo es la posibilidad de utilizar material multimedia --como videos, juegos interactivos o animaciones-- para motivar al estudiante al empezar una nueva unidad; como punto de partida para el diálogo, la reflexión y la discusión; o para ampliar la información o fortalecer la comprensión. De la misma manera, existen recursos digitales que permiten que el estudiante interactúe con el contenido a fin de que descubra el conocimiento por sí mismo --por ejemplo, mediante la investigación, la exploración y la experimentación. Otra de las ventajas que trae la tecnología al aula es que permite al estudiante compartir información y colaborar para la construcción de un producto --por ejemplo videos o ensayos. Sin embargo, en muchos casos, es difícil usar estos recursos significativamente.

En 2005, Harold Wenglinsky --a través de un estudio a gran escala realizado en EEUU-- mostró evidencia que la tecnología se aprovecha mejor si se alinea bajo un enfoque de enseñanza constructivista centrado en el estudiante, donde la tecnología se usa como mediador del aprendizaje. El aprendizaje centrado en el alumno enfatiza experiencias auténticas, fomenta el aprendizaje activo, y resulta en la creación de nuevos productos cuyos procesos de creación implican el desarrollo de diversas habilidades y la adquisición de nuevos conocimientos (Jonassen, Howland, Moore, & Marra, 2003). Bajo este enfoque, el profesor centra su rol y responsabilidades en el aprendizaje. El docente deja de ser dueño de conocimiento y se convierte en facilitador del mismo. Sin embargo, muchos profesores no están usando la tecnología para apoyar este tipo de enseñanza, (Ertmer, Ottenbreit-Leftwich, Sadik, Sendurur, Sendurur, 2012). ¿Por qué sucede esto?

Ertmer (1999) identificó dos tipos de impedimentos que impactan la integración significativa de tecnología en el aula. Denominó a estos impedimentos barreras de primer y segundo orden.

Las barreras de primer orden son aquellas caracterizadas por ser externas al profesor. Entre ellas se puede mencionar la poca disponibilidad de recursos tecnológicos (como equipos, hardware y software, o acceso a Internet), falta de tiempo y capacitación, evaluaciones estandarizadas, y el poco apoyo de la comunidad (por ejemplo, administradores o padres de familia).

Estas barreras pueden parecer fáciles de superar con un presupuesto adecuado y/o con estrategias creativas --por ejemplo, compartiendo recursos, becas, donaciones, usando la experticia de los alumnos, etc. Sin embargo, según Ertmer (1999), tener que lidiar con muchas de estas barreras de primer orden puede desmotivar al profesor a utilizar la tecnología incluso antes de que el proceso de integración comience.

Más aún, investigaciones recientes apuntan que no es suficiente con incrementar el acceso a la tecnología. De hecho, la eliminación de las barreras de primer orden debe ser complementada con un cambio en las creencias pedagógicas de los docentes (Ertmer, Ottenbreit-Leftwich, Sadlik, Sendurur, & Sendurur, 2012). Esto ocurre porque las creencias pedagógicas de los docentes juegan un papel preponderante en la integración de las tecnologías, incluso si el acceso a los recursos fuese bajo. Según Ertmer et al. (2012), la integración efectiva de recursos tecnológicos no responde exclusivamente a las barreras de primer orden sino “al peso relativo que los profesores asignan a estas barreras” (Ertmer, 1999, p. 52). De este modo, los docentes podrían asignar poco peso a estas barreras debido al valor pedagógico que tiene para ellos la tecnología dentro del aula (Ertmer, et al., 2012).

Es por ello que las barreras de primer orden se encuentran íntimamente ligadas a las barreras de segundo orden. Las barreras de segundo orden se refieren a lo que es interno para el profesor, sus creencias subyacentes en torno a la enseñanza y el aprendizaje (Ertmer, 1999). Debido a que las barreras de segundo orden son más personales y están profundamente arraigadas a la mentalidad de los profesores, puede que no sean fáciles de identificar y medir, principalmente porque estas creencias pueden ser tácitas e inconscientes (Kagan, 1992). Estas barreras también incluyen la percepción de los profesores sobre el valor de la tecnología y cómo esta percepción, además de sus creencias, pueden interferir con la integración efectiva de ella (Ertmer, et al., 2012).

Las cosas se complican si consideramos que no siempre hay una relación directa entre creencias y prácticas (Ottenbriet-Leftwich, Glazwski, Newby, Ertmer, 2009). En otras palabras, los profesores pueden decir que abogan por el uso de tecnología centrado en el alumno pero sus prácticas no necesariamente demuestran esas creencias. Por ello, para que los maestros empiecen a integrar efectivamente la tecnología bajo un enfoque constructivista, Ertmer (1999) plantea la importancia de asignarle valor a la tecnología como herramienta para alcanzar las metas de enseñanza y aprendizaje, incluso cuando existan barreras de primer orden. De esta forma, la tecnología debe tener un valor pedagógico para el profesor. Los docentes no gastarán su tiempo, energía, y recursos aprendiendo sobre nuevas tecnologías, o siquiera tratando de incorporarlas en su práctica si ellos no ven valor en ella (Coppola, 2004).

Fogarty (2007) expande el tema ante el escepticismo de los maestros y plantea que para que el maestro pueda darle valor a la tecnología es importante que ponga en práctica las nuevas estrategias e integre la tecnología bajo un enfoque activo. Cuando el docente visualice los resultados en sus estudiantes, empezará a repensar sus creencias pedagógicas. Este es un proceso lento, especialmente si se busca cambiar la forma como se enseña.

Como consecuencia, es importante considerar el tratamiento de estas barreras de segundo orden para la integración de tecnología de forma de producir un cambio sustentable hacia la enseñanza centrada en el estudiante. Para ese propósito, los profesores necesitan ver evidencia del potencial de la tecnología como una herramienta instruccional que ayuda a mejorar los logros académicos de los estudiantes.

También, los docentes necesitan acceso a un programa de desarrollo profesional a largo plazo que involucre la aplicación de proyectos al interior del aula con el apoyo de un entrenador o tutor. Esto permitirá a los docentes tener una mejor idea acerca del potencial de la integración de tecnología y de la instrucción centrada en el alumno para lograr un aprendizaje significativo.


Referencias

Coppola, E. M. (2004). Powering up: Learning to teach well with technology.
New York: Teachers College Press.

Ertmer, P. A. (1999). Addressing first- and second-order barriers to change:
Strategies for technology integration. Educational Technology Research and Development, 47(4), 47-61.

Ertmer, P. A., Ottenbreit-Leftwich, A. T., Sadlik, O., Sendurur, E., & Sendurur, P.
(2012). Teacher beliefs and technology integration practices: A critical relationship. Computer & Education, 59, 423-435.

Jonassen, D.H., Howland, J., Moore, J., & Marra, R.M. (2003) Learning to Solve
Problems with Technology: A Constructivist Perspective, 2nd. Ed. Columbus, OH: Merrill/PrenticeHall

Fogarty, R., & Pete, B. M. (2007). From staff room to classroom: A guide for planning and coaching professional development. Thousand Oaks, CA: Corwin Press.

Kagan, D. M. (1992). Professional growth among pre-service and beginning
teachers. Review of Educational Research, 62(2), 129-169.

Ottenbreit-Leftwich, A. T., Glazewski, K. D., Newby, T. J., & Ertmer, P. A. (2009).
Teacher value beliefs associated with using technology: Addressing professional and student needs. Computers & Education, 55, 1321-1335. doi:10.1016/j.compedu.2010.06.002 

Su, Bude (2009). Effective technology integration: Old topic, new thoughts. International
Journal of Education and Development using Information and Communication Technology (IJEDICT), 5(2), 161-171.

Wenglinsky, H. (2005). Using technology wisely: The keys to success in schools. New
York: Teachers College Press.


A tenor de los cambios en el currículo: crónicas de una maestra


Rashía Gómez Cárdenas 
Lima, 20 de abril de 2015

Hacia el año 2000 todavía en muchos colegios se intentaba implementar el llamado Enfoque Comunicativo Textual, que era parte de las importantes reformas educativas que el llamado “Nuevo Enfoque Pedagógico”pretendía alcanzar. En aquel entonces era tutora de primer grado en el Colegio José Antonio Encinas (JAE). En ese momento, junto a dos grandes maestras de educación primaria –Helga Bazán y Erika Arellano- logramos construir una metodología que me permitió implementar el enfoque comunicativo textual en el aula. Esta construcción didáctica la realizamos estudiando las publicaciones de Joseph Joliber y Mabel Condemarín, reflexionando pedagógicamente, recuperando y analizando lo que acontecía día con día en el aula de primer grado. No tuvo que pasar mucho tiempo para que las niñas y niños de primer grado comenzaran a darnos muestras extraordinarias de sus progresos en lectura y escritura, así como en comprensión y expresión oral.

En ese momento la Estructura Curricular Básica (ECB), producto de una reforma curricular, era el currículo oficial para Educación Inicial y para la Educación Primaria. La ECB era un documento valioso. Ofrecía planteamientos innovadores, retadores y desafiantes para la escuela. Sin embargo, los aprendizajes prescritos permitían diversas interpretaciones. La implementación de la ECB tenía necesariamente que pasar por la adecuación curricular del colectivo de docentes, proceso que en el JAE, era sumamente relevante y participativo. A partir del ECB se construían los carteles de alcances y secuencias para plantear los aprendizajes esperados para cada grado, y a partir de ellos se elaboraba los informes de evaluación en los que se reportaban los logros de aprendizaje de los estudiantes.


Algunos años después, hacia el 2003, ya en el Ministerio de Educación, participé de uno de los primeros esfuerzos de la entonces Unidad de Desarrollo Curricular de Educación Inicial y Primaria (UDCREIP), por precisar mejor el currículum para la Educación Primaria. En eso momento, y al lado del equipo de especialistas de currículo se empezó un demandado y anunciado “reajuste curricular”. Este proceso se truncó con la declaratoria de Emergencia Educativa, dada durante el gobierno del Presidente Alejandro Toledo. Un tiempo después se inicia el proceso de articulación curricular de los tres niveles de la Educación Básica. Es cuando la experimentada Lila Tincopa, con tres equipos curriculares a su cargo, uno por cada nivel de la Educación Básica Regular (EBR), inicia la articulación del currículo escolar de Educación Básica. 

Este proceso fue complejo desde sus inicios, los equipos técnicos de Educación Inicial y de Educación Primaria iban más alineados y articulados en sus propuestas, en tanto el equipo de especialistas de Educación Secundaria se alejaba significativamente de dichas construcciones. Además, cabe decir que desde la declaratoria de Emergencia Educativa, las áreas de Comunicación Integral y de Matemática ya eran las más valoradas. Como integrante del equipo de Comunicación que participó de parte del proceso, puedo decir que la articulación curricular en esta área resulto más dinámica y efectiva.

Tiempo después, ya durante la gestión del Ministro Javier Sota Nadal, fue publicado el Diseño Curricular Nacional (DCN), que sería posteriormente “reajustado” por el Ministro José Antonio Chang durante el gobierno del presidente Alán García. Este documento lograba finalmente articular en una solo versión los currículos de Educación Inicial, Educación Primaria y Educación Secundaria. En esta versión, entre otras cosas, el DCN ya ofrecía las mismas competencias para los tres niveles de la EBR.

Hacia el año 2010, ya en el ex Instituto Peruanos de Evaluación, Acreditación y Certificación de la Calidad de la Educación Básica (Ipeba) y a propósito de la elaboración de los primeros Mapas de Progreso (Comunicación: Lectura y Matemática: Número y Operaciones), se realizó un análisis de las áreas de Comunicación y Matemática del DCN. En síntesis, lo que este análisis mostró fue lo que ya muchos críticos habían expresado sobre este documento normativo: era un documento con un importante avance en materia de articulación curricular pero con serios vacios respecto a la claridad y progresión de los aprendizajes prescritos. 


Fue cuando en coordinación con el MINEDU, el ex Ipeba inició la elaboración de los Estándares Nacionales bajo la forma de Mapas de Progreso. La formulación de los primeros Mapas de Progreso demando de meses de revisión bibliográfica, de reuniones de consulta con especialistas de la Dirección General de Educación Básica Regular (DGEBR) y de la Unidad de Medición de la Calidad (UMC), además de consultas a docentes de escuelas públicas y privadas, entre otros importantes actores educativos. La elaboración de los primeros Mapas de Progreso siguió con rigor su proceso de formulación técnica. Lo que demandó trabajar con la asesoría de expertos internacionales así como de validar los estándares propuestos en los Mapas de Progreso en escuelas públicas a nivel nacional. Esto último con la finalidad de lograr que los estándares de aprendizaje propuestos en los Mapas de Progreso fueran desafiantes pero alcanzables.

En este contexto, hacia el año 2012 durante la gestión de la Ministra Patricia Salas, el Ministerio de Educación inicia la construcción de lo que denominó Sistema Curricular Nacional. Este sistema planteaba la necesidad de hacer una reforma curricular que implicaba elaborar un Marco Curricular Nacional (MCN) orientado por Aprendizajes Fundamentales y apoyado en Estándares Nacionales, que se expresaban en los Mapas de Progreso. Que ofrecería, además, Rutas de Aprendizaje para brindar orientaciones didácticas a los docentes, que le permitieran implementar el nuevo Sistema Curricular en construcción.

En este contexto curricular, y estando aun en vigencia el DCN, surgieron los Ocho Aprendizajes Fundamentales. Se demandó al ex –Ipeba que liderará la construcción de los Mapas de Progreso para los Aprendizajes Fundamentales faltantes. Así, se inicio un trabajo articulado de construcción curricular que comprometió a un importante número de profesionales de diferentes Direcciones y Oficinas del Ministerio de Educación y a los equipos técnicos del hoy Sistema Nacional de Evaluación, Acreditación y Certificación de la Calidad Educativa (SINEACE, ex Ipeba).

El resultado de este esfuerzo fue recogido en las tres versiones del MCN. Vale la pena precisar que este proceso de construcción curricular posibilitó contar con un currículo escolar más acotado y con progresiones claras de las competencias previstas, respaldadas en muchos casos en evidencia de aprendizajes de los estudiantes. En este contexto y ya en la gestión del Ministro Jaime Saavedra, se concreta la decisión adoptada por la Ministra Patricia Salas, de complementar las Rutas alcanzando a los docentes Sesiones de Clase desarrolladas, que brindaran mayor orientación aun a los docentes en las aulas. Las Sesiones de Aprendizaje constituyen esfuerzos valiosos de maestras experimentadas que ofrecen secuencias didácticas que se orientan al logro de las competencias incluidas en las Rutas de Aprendizaje.

Para ir concluyendo, este recuento en materia de construcción curricular, pretende hacer visible el largo y sostenido esfuerzo del Estado, a través del Ministerio de Educación, por ofrecer un currículo pertinente y actual, que permita formar a los estudiantes que el Perú y el mundo demandan hoy.

Sin embargo esto exige seguir trabajando en la búsqueda de consenso sobre los aprendizajes fundamentales que el currículo escolar común debe prescribir. Estos deben ser respuesta a una mirada crítica a nuestra sociedad, sus potencialidades y demandas, así como a los retos y oportunidades de la sociedad global. Definir estos aprendizajes nos involucra a todos los peruanos.

Si bien los Aprendizajes Fundamentales fueron consultados durante la elaboración del Marco Curricular Nacional, en mi particular y modesta opinión, esta consulta requiere retomarse, sobre todo ahora que éstos no se mencionan en la reciente Resolución Ministerial 199 que modifica el DCN. Requiere retomarse y además ampliarse a otros sectores del Estado y de la sociedad.

Como algún Director Regional de Educación lo expresó en determinado momento: “Debe ser a través de una Consulta Nacional que las peruanas y peruanos de diferentes grupos culturales definamos los Aprendizajes Fundamentales Comunes que esperamos alcancen nuestros estudiantes”. Es importante que sea así porque el currículo es la herramienta a través de la cual nuestra sociedad responde a las demandas y necesidades de nuestros diversos pueblos originarios y de nuestro país en su conjunto. 

De cualquier modo, el currículo escolar seguirá retando a cada maestra y cada maestro en cada rincón de nuestro maravilloso país, porque el currículo se hace realidad o no en las manos de los maestros peruanos. Por eso recordemos siempre una gran verdad: con los maestros, todo. Sin los maestros, nada.

* Fotografía: Jaime Pacheco/ www.flickr.com

DCN: Una adenda para la adenda (I)


Karen Coral
Lima, 20 de abril de 2015

Por fin los profesores tenemos el documento que oficializa los cambios curriculares que venían dándose durante los tres últimos años: la Resolución Ministerial 199-2015. Con ella se modifica parcialmente el Diseño Curricular Nacional-2009. Esta modificatoria era previsible y necesaria debido a que las últimas propuestas del ministerio en materia curricular nos iban alejando del DCN vigente.

Para analizar cuán profundas son las modificaciones curriculares, hagamos un ejercicio de comprensión lectora. Empecemos. En primer lugar, establezco mi propósito lector: quiero entender a fondo la RM-199 y sus implicancias. Me “zambullo” entonces en la lectura. Con respecto a su estructura externa, la RM-199 es un texto conformado por dos partes: la resolución misma (tres artículos) y su justificación a partir de determinadas consideraciones (cinco), y los anexos que establecen competencias, capacidades e indicadores de desempeños para algunas áreas curriculares

Leyendo la Resolución Ministerial 199


El artículo 1 es el núcleo central:

Modificar parcialmente el Diseño Curricular Nacional de Educación Básica Regular, aprobado por Resolución Ministerial Nº 0440-2008-ED, respecto de las competencias y capacidades de algunas áreas curriculares, e incorporar indicadores de desempeño para que cada grado y/o ciclo, según corresponda, conforme a lo establecido en los Anexos que forman parte integrante de la presente resolución. 

¿Por qué era necesario modificar, aunque sea parcialmente, el DCN? El quinto considerando trae la respuesta:

El referido informe [informe técnico de la Directora de EBR] señala que la propuesta de modificatoria se formuló considerando diversos estudios; así como las consultas y recomendaciones del Consejo Nacional de Educación; siendo que aquella tiene por finalidad a que las herramientas pedagógicas y curriculares señalen de manera clara y precisa las competencias de los estudiantes y la viabilidad de su aplicación en el plan de estudios, lo que implica racionalizar la longitud de los documentos, la comunicabilidad de las nociones y el rango de los procesos que se espera que implementen los docentes.


Se necesitaba hacer más breve los documentos y presentar de manera más clara las nociones curriculares. Así lo habían recomendado diversos estudios, consultas y el propio CNE. Inmediatamente surge en nuestra mente lectora la interrogante de si efectivamente esta RM-199 cumple con su propósito de mejorar la comunicabilidad. Creo que no. El análisis de la segunda parte de la RM-199, los anexos, nos mostrará que no se cumple esta intención. (En una segunda entrega veremos que tampoco se racionaliza la longitud de los documentos)

Lo que dicen sus anexos

Son la “carne” de la RM-199. Empecemos por el título. En él se anuncia que se abordarán las competencias, capacidades e indicadores de desempeño para un conjunto de áreas curriculares. Explicitemos nuestras interrogantes: ¿Qué áreas curriculares tiene el DCN, cuáles de ellas se modifican? Resolver estas preguntas requiere de un ejercicio intertextual. Traigamos entonces aquí el otro texto que está dando vueltas en nuestras mentes: el DCN. Estas son las 25 áreas curriculares del DCN ­–y recordemos que la RM-199 no modifica áreas sino que introduce cambios dentro de ellas– (DCN, pp. 40-41).

¿Cuáles áreas se modifican? Construyamos como ayuda un cuadro comparativo organizado por ciclos educativos (en la RM-199 se mencionan los ciclos; acertadamente, no mencionan los niveles educativos). Las áreas curriculares pintadas en verde son las modificadas:


Hay otra duda que previsiblemente surgirá de esta lectura: ¿Las áreas curriculares que no se modifican con esta RM se modificarán más adelante? ¿Esta adenda tendrá otra adenda para Arte, Educación Física, Educación Religiosa y Educación para el trabajo? No lo sabemos. Intentemos otra estrategia de lectura: emprendamos una búsqueda de otras fuentes de información para intentar resolver nuestras incertidumbres.

¿Qué dice la RM sobre Rutas de Aprendizaje? 

El 15 de diciembre del 2014 se publicó una RM (556-2014) que remite a las Rutas de Aprendizaje:

“Los profesores utilizarán como material de apoyo las rutas de aprendizaje distribuidas por el Ministerio de Educación en las siguientes áreas del DCN:


(….) Las rutas de aprendizaje mencionadas son compatibles con las áreas de currículo de la Educación Básica Regular del DCN. Contienen estándares de aprendizaje y, las competencias por ciclo y las capacidades e indicadores de desempeño por grado; además de propuestas metodológicas y ejemplos para la planificación y conducción de sesiones de aprendizaje” (RM-556, pp. 18-19).

Casi todas las áreas mencionadas en la RM-556 son las modificadas por la RM-199. Para resolver las discrepancias sigamos buscando fuentes. La propia RM-556 nos remite a la plataforma de PerúEduca para que los profesores obtengamos orientaciones sobre el uso y aplicación de las rutas de aprendizaje. Vayamos entonces hacia esa fuente (http://recursos.perueduca.pe/rutas/index.php)

En esa plataforma están publicadas más Rutas de Aprendizaje que las mencionadas en la RM-556: Personal Social para el ciclo II y III; Ciencia y Ambiente para los tres ciclos de Primaria. Hemos cerrado un poco los vacíos. Sin embargo, todavía quedan dos para los ciclos VI y VII: Persona, Familia y Relaciones Humanas; Formación Ciudadana y Cívica. Son dos áreas curriculares que han sido modificadas pero que no cuentan con Rutas de Aprendizaje[1].

Vamos viendo que, salvo dos casos, precisamente las áreas modificadas son aquellas que tienen Rutas de Aprendizaje publicadas. Con ello, ya podemos hacer una inferencia a partir de estas cuatro fuentes (DCN, RM-199-2015, RM-556-2014, Rutas de Aprendizaje): para operativizar esta modificatoria curricular hay que recurrir a las Rutas de Aprendizaje. Y aquí surge una primera reflexión a modo de sugerencia para esta RM-199: Hubiera sido preferible señalar expresamente ese vínculo entre las modificaciones curriculares y las Rutas de Aprendizaje[2].

Hay otra razón para vincular ambos textos: la RM-199 no se entiende sola. Recuerden que uno de sus propósitos explícitos es mejorar “la comunicabilidad de las nociones”. Sin embargo, ninguna de las tres nociones curriculares (competencia-capacidad-indicador de desempeño) está definida o explicada o ejemplificada en la RM-199. ¿No se necesitaba hacerlo porque es un anexo al DCN y en él ya están definidas esas nociones? Pues no. En el DCN se nombra varias veces el término “competencia” pero nunca se define; “capacidad” en el DCN significa algo distinto que “capacidad” en la Rutas de Aprendizaje y por ende en la RM-199; “indicador de desempeño” es una innovación con respecto al DCN.

Aquí surge un juicio valorativo: la RM no modifica explícitamente el centro del currículo, no enmienda lo que tenía que enmendarse sustancialmente, es decir, el marco conceptual. Un listado de competencias, de capacidades y de indicadores de desempeño (y a eso se reduce la RM-199) es insuficiente. ¿Qué significan cada una de esas nociones? ¿Cómo se relacionan entre sí? ¿Qué de común tienen con los términos del DCN? ¿Las nociones de “actitud” o de “organizador de área” también son modificadas, o se eliminan? ¿Y en las áreas no modificadas cómo se entienden las nociones curriculares?

Estas interrogantes y muchas otras surgen del mismo problema de origen: la RM-199, aunque se presente como anexo del DCN, no forma con este último un conjunto unitario. Es decir, juntos no son un texto coherente.

Leyendo las Rutas de Aprendizaje 

Volvamos a las Rutas de Aprendizaje para aclarar este vacío conceptual. En la “Presentación” de todos los fascículos publicados se proporcionan “Definiciones básicas que nos permiten entender y trabajar con las Rutas del Aprendizaje”. Son estas definiciones las que enmiendan el corazón curricular del DCN, son estas definiciones las que necesitamos para entender la RM-199: 

Competencia. Llamamos competencia a la facultad que tiene una persona para actuar conscientemente en la resolución de un problema o el cumplimiento de exigencias complejas, usando flexible y creativamente sus conocimientos y habilidades, información o herramientas, así como sus valores, emociones y actitudes. La competencia es un aprendizaje complejo, pues implica la transferencia y combinación apropiada de capacidades muy diversas para modificar una circunstancia y lograr un determinado propósito. Es un saber actuar contextualizado y creativo, y su aprendizaje es de carácter longitudinal, dado que se reitera a lo largo de toda la escolaridad. Ello a fin de que pueda irse complejizando de manera progresiva y permita al estudiante alcanzar niveles cada vez más altos de desempeño.

Capacidad. Desde el enfoque de competencias, hablamos de «capacidad» en el sentido amplio de «capacidades humanas». Así, las capacidades que pueden integrar una competencia combinan saberes de un campo más delimitado, y su incremento genera nuestro desarrollo competente. Es fundamental ser conscientes de que si bien las capacidades se pueden enseñar y desplegar de manera aislada, es su combinación (según lo que las circunstancias requieran) lo que permite su desarrollo. Desde esta perspectiva, importa el dominio específico de estas capacidades, pero es indispensable su combinación y utilización pertinente en contextos variados

Indicador de desempeño. Llamamos desempeño al grado de desenvoltura que un estudiante muestra en relación con un determinado fin. Es decir, tiene que ver con una actuación que logra un objetivo o cumple una tarea en la medida esperada. Un indicador de desempeño es el dato o información específica que sirve para planificar nuestras sesiones de aprendizaje y para valorar en esa actuación el grado de cumplimiento de una determinada expectativa. En el contexto del desarrollo curricular, los indicadores de desempeño son instrumentos de medición de los principales aspectos asociados al cumplimiento de una determinada capacidad. Así, una capacidad puede medirse a través de más de un indicador.

¿Podemos los profesores simplemente “traducir” los términos del DCN a los empleados en la RM-199? No es tan sencillo. Hagamos la prueba con la competencia que estamos poniendo en juego para el desarrollo de este artículo: comprensión lectora.

El caso de la comprensión lectora 

En el DCN las competencias se presentan por grado dentro de organizadores de área. Así, por ejemplo, para Primaria, el DCN establece (p. 169) tres competencias para un organizador de área: 

En la RM-199 en coincidencia con las Rutas de Aprendizaje, no hay organizadores de grado, cada competencia es longitudinal, se reitera a lo largo de toda la escolaridad. Así, para el caso anterior, las tres competencias se condensan en una, la misma para toda la EBR [ciclo III, IV, V]: Comprende textos escritos.

Y aquí surge otra reflexión, a modo de sugerencia: hubiera sido muy útil para nosotros los profesores si la RM-199 explicitaba estas valiosas transformaciones al DCN. Lo mismo debió ocurrir con las capacidades. Aquí también las Rutas de Aprendizaje presentan una sistematización necesaria: se proponen solo las capacidades relevantes que estratégicamente combinadas potencian una competencia. Y esas capacidades de una competencia son las mismas para toda la escolaridad. Así, si todos los profesores de todos los grados desarrollamos el mismo conjunto de aprendizajes, aseguramos la articulación entre los diferentes niveles educativos.

Continuemos con el ejemplo de la comprensión lectora. El DCN presenta para el tercer grado de secundaria (p. 173) como conjunto de aprendizajes 1 competencia específica para el ciclo, 9 capacidades específicas para el grado, 11 contenidos (temáticos) y 2 actitudes relacionados con la lectura. Y esta proliferación de aprendizajes ocurría para cada grado, para cada área curricular. La modificatoria consiste en sistematizar toda esta multiplicidad en ejes centrales para el desarrollo de la competencia. Por ello, la RM-199, que recoge a la letra los aprendizajes presentados en las Rutas, establece un único “paquete” de aprendizajes para la comprensión lectora que se reitera a lo largo de la escolaridad[3]:

1. Se apropia del sistema de escritura (solo ciclos II y III).
2. Recupera información de diversos textos escritos.
3. Reorganiza información de diversos textos escritos.
4. Infiere el significado de los textos escritos.
5. Reflexiona sobre la forma, contenido y contexto de los textos escritos.

Primeras conclusiones 

El abultado DCN que presentaba 152 competencias y 5,635 conocimientos, capacidades y actitudes para las diversas áreas, se simplifica de modo considerable. Así, un currículo de baja densidad se vuelve realmente operativo en las aulas. Este giro conceptual, que en el fondo es la razón de ser de la modificatoria, no se explica ni se fundamenta en la RM-199.

Presentados tal cual están de manera enumerativa, bajo el título de “Anexos” y sin explicaciones, se puede dar la falsa impresión de que esta RM solamente añade un conjunto de competencias, capacidades e indicadores de desempeño. Pareciera ser una modificatoria por añadidura y no por transformación, como realmente es.

Este ejercicio de lectura para el cual hemos necesitado recurrir intertextualmente a otros documentos curriculares nos muestra que la RM-199 no se defiende sola. ¿Habrá una adenda a esta adenda? Parece necesaria.

En una segunda entrega veremos cómo los indicadores de desempeño se relacionan con las competencias y las capacidades. Continuará...

* Fotografía (c) MINEDU/ www.flickr.com






[1] Aquí una breve digresión que ocurre mientras leemos. No podemos evitarlo: nuevas lecturas traen nuevas dudas. ¿Aparecerán próximamente en PerúEduca los fascículos correspondientes? ¿Las áreas no modificadas tendrán Rutas de Aprendizaje? Si han leído con cuidado el fragmento citado de la RM-556, habrán notado la referencia a los estándares de aprendizaje y recordarán que la RM-199 no los menciona. Los estándares de aprendizaje establecidos en los Mapas de Progreso ya eran oficiales, ¿lo seguirán siendo?
[2] Aquí otra digresión acerca del fenómeno de leer-escribir: Tener en cuenta los saberes previos (familiaridad con las Rutas, consultas acerca del Marco Curricular Nacional) de los lectores (nosotros los profesores) es una obligación del autor.

[3] Una última digresión, esta vez dentro de la mente activa de mis lectores: Pero, si el conjunto de aprendizajes es el mismo, es idéntico desde el ciclo II al VII, ¿cómo avanza, cómo progresa el aprendizaje? La respuesta está en los estándares de aprendizaje (metas a lograr por ciclo) y los indicadores de desempeño (evidencia observable del desarrollo de una capacidad). Los lectores inquietos pueden consultar las Rutas de Aprendizaje, por ejemplo, las pp. 76-81 de la Ruta de Aprendizaje de Comunicación para el ciclo VII, a consultar en http://recursos.perueduca.pe/rutas/secundaria.php#





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MINEDU fortalece la Educación Física

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Con la misión de fortalecer el curso de educación física en los colegios nacionales, el Ministerio de Educación (Minedu) ha realizado el Segundo Taller del Plan de Capacitación Docente de Educación Física 2015 en las instalaciones de la I. E. Melitón Carvajal, situada en el distrito de Lince.

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Trabajo arduo

El objetivo de la iniciativa es fortalecer las competencias profesionales en el dominio pedagógico y disciplinario de los profesores, coordinadores y especialistas que participan en el Plan Nacional de Fortalecimiento de la Educación Física y el Deporte Escolar.

Será el segundo taller de cinco que se dictarán en el presente año. La intención es asegurar que los participantes difundan en sus respectivas localidades los conocimientos adquiridos y que se reafirmela implementación de la propuesta pedagógica del plan, que este año atiende a más de un millón 200,000 estudiantes de todo el país.

El principal reto del ministerio es ampliar la práctica de la educación física con cinco horas semanales en las instituciones educativas públicas hasta lograr su universalización.

En 2014, participaron cerca de 420,000 estudiantes de primaria y secundaria; para este año, la meta es un millón 280,000 estudiantes, organizados en 493 redes y 542 núcleos concentrados menores, que involucran a 2,200 instituciones educativas públicas.

El primer paso es cubrir 4,000 plazas de profesores. La tarea es seguir hasta alcanzar los 20,000 para empezar el macroproyecto de formar deportistas de alta competencia y alimentar de nuevos valores a las diversas federaciones deportivas.

148 millones de nuevos soles se invertirán para fortalecer la educación física.

Fuente: Educación en Red
18-04-2015